Ingeniería del Yo
Voy a Artboretum para conocer a Kuri. O más precisamente: voy a ver cómo piensa. Cómo articula el hecho escénico. Cómo alguien logra convertir la escena en una máquina de pensamiento y no solamente en una máquina de representación. Si, voy con expectativa bien levantada.
¿Por qué voy? Porque caigo otra vez en la trampa infinita de buscar aprobación. Quiero ser vista. Que alguien legitimado por el campo artes escénicas confirme que existo. Que pienso bien. Que siento correctamente. Que merezco pertenecer. Una especie de automarketing emocional e intelectual. Como si el arte contemporáneo fuera también una maquinaria de casting afectivo donde constantemente estoy intentando convencer a otros de que mi sensibilidad merece ser observada.
Me da vergüenza escribir esto porque mientras México se cae a pedazos entre fosas clandestinas, ecocidios, feminicidios, corrupción y cuerpos desaparecidos, yo estoy preocupada por algo minúsculo: quiero que alguien dentro del arte contemporáneo piense que soy inteligente. Que soy sensible. Que valgo la pena. Que puedo trabajar “seriamente”.
Vengo de Buenos Aires. O peor todavía: vengo de la versión de mí que existe en Buenos Aires. Más ligera. Más deseada que deseante. Más libre. Camino. Cojo. Tomo vino barato. Bailo. Exploro. Me deprimo. Y pienso que necesito tierra porque estoy flotando dentro de mi propia vida.
Entonces México me escucha. Y me da exactamente eso. Peso.
La Policía Federal me detiene en carretera porque las placas de mi automóvil aparecen relacionadas con un fraude vehicular. Hay otro carro circulando con documentos ligados al mío. Yo no entiendo nada. Ellos tampoco parecen entender demasiado. Pero dieron un pitazo para detenerme, el sistema funciona así: no hace falta comprender completamente algo para operar sobre un cuerpo.
Lo primero que pienso no es “soy inocente”.
Lo primero que pienso es:
Me pueden desaparecer.
¿Me están robando?
Unas semana antes el medio teatral y dancístico hablaba de la desaparición y asesinato de un bailarín en Oaxaca. Yo pienso inmediatamente en eso. Pienso en cuerpos desapareciendo. En cómo los policías te detienen en la ciudad de México, te sacan dinero y te dan un código para avisar que ya diste tu cuota por si te vuelven a parar en la calle. Pienso en cómo en este país las personas terminan convertidas en nota roja y carpetas.
Esto no es Oaxaca. Pero si es México y estamos detenidos en medio del bosque. Y en ese momento no sé quiénes son ellos. No sé quiénes somos nosotrxs, lxs que vamos en el carro. No sé si estoy frente a policías o frente a otra cosa disfrazada de policía.
Me piden bajar del coche y no quiero hacerlo. Las personas que vienen conmigo tampoco quieren que salga. Hay unos segundos muy extraños donde todos entendemos que algo puede salir muy mal.
Finalmente bajo. Me rodean. Me esposan. Ya me habían esposado antes , pero esta vez no se sentía rico. Creo que el cuerpo hace eso cuando entra en pánico, hace asociaciones de donde pueda para no quebrarse del todo.
De pronto mi libertad deja de ser una condición natural y se convierte en un trámite.
Mientras me procesan, un policía intenta tranquilizarme y me cuenta que por la zona donde me detuvieron hay taladores clandestinos que a veces amarran a los policías a los árboles y les prenden fuego. Me lo dice como si quisiera demostrarme que él también tiene miedo. Como si quisiera decirme que nadie está realmente seguro en esa zona. Creo que ese policía siente cierto grado de empatía por mí después de verme llorar. Y es que si algo sé hacer es llorar. Pero esta vez ya no tengo control sobre mis lágrimas. No estoy llorando bonito. Siento que estoy fracasando en todos los aspectos de mi vida al mismo tiempo: económicamente, emocionalmente, profesionalmente, existencialmente. Mientras el sistema me ultachinga.
Entonces ese policía, no recuerdo cómo exactamente , empieza a contarme su vida.
Me dice que antes era militar. Soldado. Que nunca pudo ascender y que siempre lo mandaban a hacer “el trabajo sucio” en comunidades. Así. Trabajo sucio. Imagino lo peor. Pienso en esos militares que entran a pueblos, abusan de la gente, desaparecen personas y hacen cosas de las que nunca nadie se entera. Él sigue hablando. Ya no sé si me dice eso para consolarme, para compartir o para advertirme.
Me dice que se salió porque era demasiado desgastante. Que le pagan mejor en la policía. Después me cuenta que también trabaja de albañil. Que a veces lleva a su hija a la construcción y que ella junta piedritas mientras él trabaja. Que un arquitecto le daba dinero a la niña por ayudar a recoger escombro. La precariedad atraviesa a casi todos en este país, aunque no de la misma manera. Me dice que quiere buscar otro trabajo porque ese también este de policía también es peligroso. Me cuenta que ahí mismo, en esa carretera donde me detuvieron, una patrulla se fue por el barranco y el policía que manejaba murió y termina hablándome de un tráiler que chocó contra unos motociclistas pero que no sabe si terminaron muertos o solamente despedazados.
Después de cadáveres, barrancos, fuego y accidentes, terminamos hablando de currículums. No sé cómo llegamos ahí, pero acabo diciéndole que puede usar Canva para diseñar su CV para que encuentre otro trabajo. Él saca su celular y me pregunta si se lo puedo dictar.
CE AH ENE CAN UVE EH VA, CANVA
Hoy que ya superé a mi ex y que ya no ocupa espacio mental en mi cabeza, pienso mucho en esa extraña intimidad accidental, en que nunca se sabe quién es realmente la persona que tienes enfrente. Me da un poco de lástima. Pero también pienso que en esa situación yo era la que no podía irse a su casa.
Es muy extraño el aspecto físico que adquiere un cuerpo cuando el Estado comienza a despojarte de todo aquello que organiza tu identidad. Primero el taller. Después el carro. Después la libertad. Después las toallas sanitarias. Después la ropa. Después el tiempo. Después la intimidad. Después la noción de futuro.
Me quitan las agujetas.
Pienso: “ Claro, para que no me ahorque.”
Hay gente que mezcla placer y asfixia. Buscan el borde entre el deseo y la pérdida de aire. Esto tiene algo de eso. El Estado me está metiendo una cogidota mientras me quitan las agujetas para que no caiga en la tentación de asfixiarme. Como si el sistema pudiera penetrarte hasta destruirte, pero todavía necesitara preservar administrativamente tu respiración. Hay algo de perverso en eso. Te humillan. Te vacían. Te rompen. Pero tienen que asegurarse de que sigas viva para firmar papeles al día siguiente.
Me toman fotografías. Me toman huellas digitales. Me piden orinar frente a otras personas. No puedo. Estoy asustada. Me hacen desnudarme y hacer sentadillas para revisar que no esconda nada en el culo. Me bajo los calzones y dejo sangre menstrual sobre el piso. La siento bajar espesa entre las piernas después de estar horas ahí adentro. Tibia. Pegajosa. Con olor a hierro. Una línea roja resbalando lentamente por el muslo mientras hago sentadillas desnuda frente a desconocidos intentando demostrar que no escondo nada entre las nalgas.
Les mancho la oficina de sangre. Una victoria minúscula, miserable, corporal, casi animal. Mi cuerpo dice: si ustedes van a administrarme, inspeccionarme y encerrarme, entonces también van a tener que convivir con mi sangre.
Tengo cólicos. Mancho el piso. Mancho la silla metálica. Mancho la playera de Acapulco que le robé a mi papá. Mancho la colchoneta que me dan para dormir. Mancho la cama de cemento. Me piden que orine y mancho el baño. La sangre empieza a convertirse en la única prueba visible de que sigo siendo un cuerpo vivo y no solamente un expediente o un daño colateral de un fraude. Ya hay otras manchas ahí. Viejas. Secas. Cafés. Capas de fluidos antiguos adheridos al concreto como una especie de archivo biológico del encierro.Quizá otra mujer estuvo exactamente en la misma posición antes que yo. Sangrando aquí mismo. Con miedo aquí mismo. Dejando también una pequeña huella roja sobre un sistema construido para borrar singularidades.
Pasé tres días encerrada.
Escribo “tres días” y parece poco. Pero el tiempo dentro de los separos no avanza igual. El tiempo ahí adentro tiene otra textura. Un minuto puede durar cuarenta. La luz nunca se apaga y es blanca tipo hospital . El olor tampoco se va. Huele a perrera. Huele a drenaje. Huele a pito.
Tres días llena de sangre menstrual. Tres días usando una playera de Acapulco que le robé a mi papá y unos Converse sin agujetas.
Dentro de la reja hay frases rayadas sobre la piedra. Mensajes escritos desde distintos niveles de desesperación. Como si la pared fuera un confesionario, un Death Note en clave mexa . Declaraciones de amor, amenazas, culpa, promesas, delirios. Restos mínimos intentando sobrevivir dentro de un lugar diseñado precisamente para despersonalizarte: “Perdóname diosito no lo vuelvo a hacer”. “Te amo Bryan”. “María y José por siempre”. “Eres una puta te vas a morir”. Y mi pregunta es : ¿cómo carajo pudieron rayar la piedra? Porque a mí ni los aretes me dejaron pasar. Imagino uñas. Tornillos. Hebillas. Dientes. Pedazos de metal arrancados de algún lugar. La necesidad de dejar una marca incluso cuando el sistema intenta quitarte cualquier herramienta para hacerlo. Rayar las paredes no es un acto de vandalismo sino una prueba desesperada de existencia. Como los perros cuando orinan para marcar territorio. Como mi sangre sobre la silla metálica. Como en el Zócalo. Como esta pieza.
En la celda de al lado hay unos albañiles detenidos por fumar foco y un presunto homicida. Que está aislado de los albañiles, igual que yo. También está la policía que pone Black Eyed Peas a todo volumen valiéndole madre que sean las 3 de la mañana. Cada que pasa frente a mi reja me pregunta qué estudié, “actuación, le digo, soy actriz.” Me pregunta si salgo en televisión y le digo: “una vez, aparecí en un capítulo de Los ricos también lloran”. Justamente salí en el capítulo donde meten presa a Soraya Montenegro y se encuentra con unas reas. Es como si hubiera hecho un simulacro para lo que después iba a vivir años después. Además el título es perfecto para la policía. porque no dejaba de bajarme de fresa y bueno, no soy rica. Pero sí estaba llorando.
Hay algo particular en la manera en que el sistema mezcla cuerpos completamente distintos bajo una misma lógica de sospecha. Yo no soy los albañiles. No soy el presunto homicida. No soy la policía obligada a respirar el olor a pene y vagina que sale de ese lugar. Pero durante esos días todos compartimos algo: dejamos de ser personas complejas para convertirnos en cuerpos a quienes les administran la libertad.
Mientras estoy encerrada hago ejercicios de respiración que aprendí en la CDT, para algo tenía que servir todo eso. Estiramientos. Calentamiento de voz. Catarsis. Como si la escuela de actuación fuera lo único que mi cuerpo recuerda cuando entra en crisis. Pienso que tal vez después esta anécdota me va a ayudar para mis procesos creativos. O que esta situación es tan absurda que lo único que me da las herramientas para relacionarme con esta realidad es la ficción. Spoiler: No salí más artista, pero si más traumada.
Finalmente mis papás logran mover cosas afuera y consigo salir. Pero incluso esa salida me deja una herida política: entiendo aquello que dicen de que muchísima gente permanece encerrada simplemente porque nadie tiene dinero para mover papeles, pagar abogados o insistir lo suficiente. La libertad cuesta y es un privilegio.
Finalmente llego a Artboretum, me perdí todo el taller, ni siquiera me regresaron el dinero, no había reembolso en caso de ser detenida camino al espacio. Después de que llego, Kuri me dice : “Bueno, nadie te va a venir a contar sobre lo que pasaste”. Me recomienda escribirlo. Pero no puedo. Es de ese tipo de situaciones que cuando te suceden, por alguna razón, te atraviesa muchas esferas de la vida y el sistema nervioso. Una herida interseccional, que al menos yo, necesito digerir.
Vladimir, otra persona que lleva el taller, me pregunta de qué quiero hablar en este último día del proceso porque tengo que hacer una pieza en relación a eso. Le digo: “quiero hablar de libertad”. Ya sé. Suena a cliché. Pero en ese momento lo único que quiero es estar bailando electrónica con el cuerpo desarticulado en el Puticlú de . Quiero sudar. Quiero besar, me me metan la lengua en la garganta y los dedos bajo el pantalón. Quiero no pensar en el los federales. Quiero no pensar en las rejas. Quiero no pensar en la sangre sobre el piso.Pero Buenos Aires está lejísimos. Y yo ya estoy otra vez en México, rodeada de acentos conocidos y de una violencia que también reconozco bien.
No puedo hablar directamente de lo ocurrido. Entonces le pido a una bailarina que ponga el cuerpo por mí. Entonces Paola, cubierta con una media rosa danza mientras un texto que escribo ese mismo día atraviesa el espacio. Ella aparece entre lo erótico, lo vulnerable, lo sin cara y lo libre. Y entiendo que, para mi, actuar no siempre consiste en representar. Sino en respirar por el otro. Una forma de respiración prestada: alguien más encarna aquello que yo todavía no puedo sostener sola.
La pieza se llama Ingeniería del yo porque empieza a pensar la autoficción no como exhibición narcisista sino como un mecanismo de supervivencia, un puente para contactar con el cuerpo, el mio, y del otrx. Una manera de construir mapas a partir de experiencias límite. Si mi vida fuera el continente y la escena el mapa, las imágenes serían las huellas de todo aquello que todavía no sé decir, mover y vivir. No la representación de una verdad. Sino la construcción colectiva de un lugar donde lo que aún no se alcanza a decir logra transformarse aunque sea por unos segundos en otra cosa: Movimiento. Lenguaje. Comunidad. Imagen. Gesto. O simplemente: aire.
A veces incluso siento que me fui de ese laboratorio sin nada. Sin respuestas. Sin aprendizaje. Sin revelación. Sólo más rota.
Cuando recupero el coche debo casi cincuenta mil pesos de corralón porque mientras mi vida se suspendía, la burocracia seguía trabajando perfectamente. Los del corralón se roban los cables del carro. Vacían la batería. Se llevan la gasolina. Se roban el encendedor, así que pago además el arrastre de Morelos al Estado de México. Es impresionante la capacidad que tiene una sola experiencia para desestabilizarte económica, mental y simbólicamente durante años.
Meses después, la fiscalía encuentra a la persona que habia hecho el reporte de robo con los papeles del carro. Le habían vendido y robado un coche utilizando documentos ligados al mío. Yo quería que sufriera porque su denuncia habia provocado que yo estuviera detenida y muchas cosas más. En la fiscalía los policías me decían que esa persona no dejaba de llorar por su carro que aún no había encontrado, que se veía joven, que probablemente también era víctima del fraude. No me importaba. Yo tampoco había hecho nada. Pienso mucho en eso ahora: el dolor no necesariamente vuelve a las personas más compasivas. A veces solamente las vuelve más duras y ya.
Estamos en 2026 y apenas ahora encuentro una forma de narrarlo porque estas experiencias no terminan cuando sales de los separos. Se quedan reorganizando silenciosamente la percepción del mundo. Veo policías y siento miedo. Cuando salgo a la calle tengo una sensación de haber hecho algo. malo y que en cualquier momento. me va a cargar la chingada, incluso diría que me dio un alguito de agorofobia. Cuando manejo en carretera y veo camionetas federales prefiero detenerme en una gasolinera y esperar media hora antes de volver a arrancar. No entiendo exactamente en qué momento adopté toda esta paranoia como si fuera una extensión natural de mi personalidad.
Ahora que lo pienso, el trauma funciona así . No aparece linealmente. No respeta cronologías. Se comporta más bien como un micelio. Va por debajo. Conecta cosas aparentemente inconexas. La realidad, la ficción, el símbolo, el cuerpo, el deseo, el miedo, lo íntimo, lo político. Todo empieza a contaminarse entre sí. A veces basta un olor, una carretera, una patrulla, que se te ponche la llanta, un acento argentino, ver la promoción de ese taller de creación escénica por instagram, dejar de ver a alguien...
Los tiempos de creación se parecen mucho al síndrome postraumático. Van y vienen. Desaparecen. Mutan. Y aparecen cuando menos lo imaginas.
Belén

