El Argo
Una vez que nombramos algo, nunca volvemos a percibirlo de la misma manera.
Las palabras no son lo suficientemente buenas.
Corroen
todo lo que es bueno,
todo lo que es real,
todo lo que fluye.
Ya lo he explicado en otra parte.
Pero ahora
intento decir algo distinto.
Una vez que nombramos algo
ya no volvemos a percibirlo igual.
Nombrar
cambia lo que convoca.
Decir:
“soy actriz”
y el mundo
se ordena.
Decir:
“estoy bien”
y dejar afuera
lo que tiembla.
Decir:
“soy fuerte”
y entonces
tener que sostenerlo.
Todo lo innombrable
se derrumba.
Se pierde.
Se entierra.
Tengo veinte años.
Camino.
Duele negro.
Muros negros.
Repito un texto.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Una
y otra
y otra vez.
Hasta que el cuerpo se confunde
y logra apropiarse
de las palabras
de un autor
que ni siquiera me interesa.
Nunca he fingido
que se me hace un nudo en la garganta.
Lo sé
no por haber rechazado el lenguaje
sino por haberme sumergido en él.
En las pantallas.
En las conversaciones.
En las personas.
En los libros.
Durante un tiempo
creí que había ganado.
Pero yo también cambié.
Las palabras hacen más
que nombrar.
Porque después de nombrar algo
ya no podemos
volver a verlo igual.
Entonces empecé a mirar otra vez
las cosas innombrables.
O al menos
las cosas
cuya esencia
parpadea.
Fluye.
Volví a admitir
la tristeza
de nuestra futura extinción.
Y la injusticia
de extinguir a otros.
Todo aquello
que puede pensarse
puede pensarse claramente.
Y volví a preguntarme
si todo
puede ser pensado.
Episodios maníacos de escritura.
Intentando aprender
cómo dirigirme
a nadie en particular.
Uno o dos días
después de declarar mi amor
envié un pasaje
de The Argonauts
de Maggie Nelson.
Citando a Roland Barthes:
El sujeto que dice
“te quiero”
es como
un argonauta
que renueva su nave
durante el viaje
sin cambiarle el nombre.
Las partes del Argo
pueden reemplazarse.
Pero la nave
sigue siendo Argo.
El significado de la frase
“te quiero”
también debe renovarse
cada vez
“El verdadero trabajo
del amor
y del lenguaje
es darle
a una misma frase
inflexiones
siempre nuevas”.
Las palabras cambian
según quién
las dice.
No basta
introducir palabras.
No basta
cambiar el tono.
Hay que estar alerta
a los posibles usos
a los contextos
a las alas
con que cada palabra
puede volar.
“Te quiero”.
Repito la frase.
Ajusto el tono.
Creo emociones.
Reservo un cuarto.
Con la esperanza
de que el tiempo
en la habitación
lo haría quererme
para siempre.
Pero era uno
de esos hoteles baratos
que existen
cerca del ruido.
Beso tu estómago.
Tus cicatrices.
Y en cuanto a mí
bendigo
a todos
los que te besaron aquí.
Con la esperanza
de que
la experiencia singular
el deseo
venza
a la categoría.
Espero
que el gesto
garantice permanencia.
No funciona así.
Lo inexpresable
está contenido
I N E X P R E S A B L E M E N T E
en lo expresado.
El lenguaje organiza.
Clasifica.
Define.
Pausa
Cada palabra
me da forma.
Cada forma
me exige sostenerla.
Ahora
las formas
se mueven.
Se acabaron
las máquinas binarias.
Pregunta / respuesta.
Masculino / femenino.
Hombre / animal.
Bueno / malo.
Izquierda / derecha.
Rosa / azul.
Santa / perra.
La clave
es entrenar el oído.
Hasta que ya no moleste
escuchar el nombre de algx
una
y otra
y otra vez.
Aprender a refugiarse
en los callejones sin salida
de la gramática.
Relajarse.
Aceptar
una orgía
de especificidades.
Una conversación
puede ser otra cosa.
El simple trazado
de un devenir.
Las palabras
no son lo suficientemente buenas.
Y, sin embargo
sigo usándolas.
No basta introducir palabras.
Hay que permanecer alerta
a las alas
con que cada palabra
puede volar.
La contaminación
no invalida.
Profundiza.
¿Cómo es posible
que las palabras
no sean
lo suficientemente buenas?

